jueves, 20 de diciembre de 2007

Amargo

Apenas recuerdo nada desde que llegamos. Puedo relatar sin lagunas los tiempos anteriores a nuestra llegada, cuando vivíamos en la tranquilidad de un pueblo frió que recibía cada fin de semana a los pasajeros huidos de la gran ciudad. Puedo recordar la escuela y las fiestas en la plaza. Y el crecer del tiempo y de mi altura. Pero todo se vuelve difuso cuando pienso en Madrid. Vinimos, si, pero no recuerdo nada excepto el coche en la carretera. Y luego, como en un salto, el llanto de mi madre. Una casa nueva y mi madre llorando en todas las habitaciones, pasando suavemente la mano sobre las colchas, sentada con la cabeza gacha en la mesa camilla. Después, dejó de llorar, pero su boca se convirtió en un rictus apretado y desagradable, amargo. Mi padre estaba a veces con ella, y también lloraba, pero poco a poco lo dejé de ver. Se debió marchar. Yo hubiera hecho lo mismo de haber podido. Esa casa triste no dejaba entrar el aire ni la luz. El ambiente era irrespirable. Si yo no hubiera estado muerta, tampoco lo habría podido aguantar.

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